Durante los últimos 16 años, el gobierno de Viktor Orbán implementó un esquema de subsidios y préstamos sin intereses condicionados a la concepción de hijos, destinando hasta el 5% del PIB anual —unos 16.000 millones de dólares— a esta cruzada. Si bien la tasa de natalidad mostró un repunte inicial, la tendencia se revirtió rápidamente, dejando a miles de parejas atrapadas en deudas impagables tras no lograr los objetivos de fertilidad propuestos. Hoy, la política húngara enfrenta el desafío de qué hacer con los miles de ciudadanos afectados mientras la tasa de natalidad retorna a sus niveles previos a los subsidios.
El modelo húngaro se basó en una estructura de incentivos donde el Estado ofrecía préstamos que se cancelaban progresivamente según el número de hijos declarados, además de importantes desgravaciones fiscales para madres de familias numerosas. Máté y Ági Gorondy, una pareja con cinco hijos, representan el sector que efectivamente aprovechó y consolidó sus planes de vida bajo este esquema, sintiendo un respaldo gubernamental que promovió una cultura pro-familia. Sin embargo, para otros, como Barbara Elek y su esposo Levi, el experimento terminó en un calvario financiero: al no poder concebir tras varios intentos de fertilización in vitro, el préstamo se transformó en una deuda con penalizaciones que amenaza con consumir gran parte de sus ingresos mensuales.
El fenómeno húngaro no es un caso aislado, pero sí un recordatorio de los límites de la ingeniería social mediante incentivos económicos. Casos como el de Corea del Sur, que ha invertido más de 290.000 millones de dólares en bonificaciones por nacimiento y cuidado infantil sin lograr frenar la caída de su natalidad —hoy en un mínimo de 0,8—, sugieren que los factores de decisión de las parejas son mucho más profundos que el mero estímulo monetario. Expertos como Eva Fodor, de la Universidad Centroeuropea, señalan que el efecto de estos programas suele ser el de «adelantar» nacimientos de personas que ya planeaban tener hijos, pero sin lograr modificar las tendencias de fondo a largo plazo.
El malestar ciudadano se concentra especialmente en la falta de inversión en servicios esenciales, como la salud pública. Voces críticas, como la de la joven madre Antónia Miskolczi, sostienen que el dinero destinado a préstamos condicionados habría sido más efectivo si se hubiera volcado a mejorar la calidad de los hospitales, donde a menudo se exige a los pacientes llevar sus propios insumos básicos. Este desfasaje entre el discurso político pro-familia y la realidad del sistema de bienestar ha generado un dilema complejo para el gobierno actual: si bien los incentivos son electoralmente muy populares, su costo financiero es altísimo y su eficacia real es, cuanto menos, discutible.

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