13 agosto, 2026

Rusia ante un escenario complejo: ataques a refinerías, colas en gasolineras y la presión sobre la economía

La escasez de gasolina y diésel se ha extendido desde las provincias hasta las calles de Moscú, desatando ansiedad y frustración en una población que observa con preocupación cómo la «operación militar especial» empieza a golpear su bolsillo y su movilidad. Con los precios en alza y el racionamiento generalizado —que llega incluso a prohibir el uso de bidones y desplegar fuerzas de seguridad para controlar las colas—, el Kremlin se enfrenta a un desafío interno inédito. A pesar de que los índices de aprobación de Vladimir Putin se mantienen altos, los números muestran un descenso notable, con una confianza pública que cayó más de 3 puntos en una sola semana según encuestadoras estatales.

La estrategia de los estrategas de Kyiv es clara: asfixiar la infraestructura energética rusa para forzar una ruptura en el frente interno. Los impactos ya son palpables, con sectores clave como el transporte público, la recolección de residuos y la agricultura bajo amenaza ante la falta de suministros básicos. Si bien el Gobierno ha intentado paliar la crisis mediante el aumento de importaciones y la subvención de precios, analistas advierten que los costos del conflicto están superando las previsiones iniciales. La probabilidad de una crisis prolongada durante el resto del año amenaza seriamente las perspectivas de crecimiento económico, proyectando una sombra oscura sobre el futuro inmediato del país.

No obstante, la idea de que este malestar económico se traduzca automáticamente en una presión política capaz de frenar a Vladimir Putin es vista por muchos expertos como una apuesta incierta. La profesora Nina Khrushcheva advierte que, lejos de ceder, es probable que la presión refuerce la postura agresiva y represiva del Kremlin, descartando la posibilidad de que el pueblo ruso fuerce una salida negociada. El presidente ruso, por su parte, se muestra lejos de retroceder: en recientes apariciones militares, se atribuyó el control estratégico en el frente y prometió conquistar nuevos territorios, incluso insinuando una posible intensificación de acciones contra aliados europeos de Ucrania.

El futuro de la guerra parece entrar en una fase de mayor incertidumbre. Mientras los líderes de la OTAN evalúan si esta agitación económica en Rusia puede ser un «factor determinante» para el fin del conflicto, Putin redobla su apuesta militar y diplomática. El hecho de que el líder ruso haya solicitado a sus generales un análisis sobre la participación de aliados europeos en acciones de combate añade una capa de peligro adicional al escenario. La pregunta que recorre las capitales occidentales no es solo si el combustible alcanzará para mover a Rusia, sino qué nuevos límites está dispuesto a cruzar el Kremlin para sostener su iniciativa bélica en un frente interno que, por primera vez, muestra grietas claras.