La parálisis legislativa bonaerense se rompió esta semana, pero el debate parlamentario quedó opacado por un despliegue de ruido político diseñado para fracturar el armado del peronismo local. La intervención de Sergio Berni en el Senado no aportó soluciones para la coyuntura que atraviesa la Provincia; por el contrario, funcionó como un dispositivo destinado a tensar los vínculos entre el kirchnerismo y la gobernación de Axel Kicillof. Detrás de sus cuestionamientos no se vislumbra una hoja de ruta, sino una intención sistemática de desgastar liderazgos y dinamitar los puentes que el Ejecutivo intenta tender con los distintos sectores del Frente de Todos, sin ofrecer una alternativa política concreta.
El historial de Berni está marcado por una serie de giros discursivos que dejan en evidencia la falta de coherencia en su actual embestida. De sus críticas fundacionales al kirchnerismo y su autoproclamada salida de ese espacio —bajo la premisa de cortar el cordón umbilical— a sus declaraciones en C5N donde aseguraba votar a Kicillof con los ojos cerrados, el senador ha hecho de la ambigüedad su eje de acción. Sin embargo, su actuación en el recinto marca un punto de inflexión: mientras el oficialismo busca consolidar un bloque resistente frente a las políticas nacionales, Berni elige retomar un rol disruptivo que, lejos de enriquecer la discusión política, busca romper los consensos alcanzados y desviar la atención de los problemas estructurales que la Provincia debería estar atendiendo, sin proponer medidas superadoras para los ciudadanos.
Esta actitud de agitar sin construir es lo que genera desconcierto y malestar dentro del propio espacio oficialista. Mientras intendentes como Mario Ishii plantean reclamos sobre la emergencia alimentaria y sanitaria, la intervención de Berni carece de propuestas programáticas, reduciéndose a un ejercicio de demolición retórica que solo sirve para alimentar el fuego de una interna que desgasta la gestión. Comparar esta actitud con la integración de otros cuadros al peronismo —como ocurrió con Leandro Santoro— deja al desnudo que el objetivo actual no es el debate ideológico, sino el disciplinamiento político mediante el conflicto permanente, priorizando la fricción por sobre cualquier tipo de alternativa de gobierno.
La verdadera disputa de fondo, que sectores del kirchnerismo parecen alentar al permitir estas intervenciones, es la pelea por limitar el margen de acción de Axel Kicillof. La proyección nacional del gobernador molesta a un sector del peronismo que no encuentra en el caos una forma de construcción política, sino apenas una herramienta de freno. Así, la figura de Berni aparece funcional a una lógica que prefiere la ruptura del armado provincial antes que el crecimiento de una conducción con identidad propia. En definitiva, la postura del senador no es la de un dirigente buscando un rumbo nuevo, sino la de un agente de fricción que, en medio de una crisis social profunda, opta por la fragmentación como única forma de mantener el protagonismo.

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