28 junio, 2026

Alerta por el crecimiento de los retos virales: uno de cada cuatro adolescentes participó en desafíos de riesgo

La cultura de los desafíos virales ha dejado de ser una actividad aislada para convertirse en una parte central de la experiencia cotidiana de los menores en la red. Tras episodios que sacudieron al sistema educativo —como las falsas amenazas de tiroteos en escuelas—, el informe de la Universidad Austral realizado sobre 848 adolescentes de entre 11 y 17 años pone el foco en los peligros de la sobreexposición digital. La investigación advierte que la necesidad de aprobación social y pertenencia al grupo de pares actúa como el motor principal detrás de prácticas que, en algunos casos, derivan en autolesiones, privación del sueño y otras conductas de riesgo masivo.

Los resultados del estudio son contundentes: el 14% de los encuestados realizó uno o dos retos en el último año, mientras que un 11% admitió haber participado en tres o más desafíos. Según el investigador Santiago Resett, del Conicet y la Universidad Austral, el fenómeno está profundamente ligado a una «necesidad de validación» donde el adolescente busca ser aceptado, muchas veces sin dimensionar el peligro. El especialista explica que estas conductas no solo exponen a los menores a riesgos físicos inmediatos —como prácticas de asfixia o agotamiento extremo—, sino que también actúan como una puerta de entrada hacia el uso compulsivo de internet, el ciberbullying y el grooming.

Si bien plataformas como TikTok han eliminado millones de videos por violaciones a las normas de seguridad, la velocidad con la que se propagan estos retos supera los filtros algorítmicos. La investigación resalta una correlación significativa entre el disfrute por realizar estos retos y el desarrollo de una adicción específica hacia Instagram, plataforma donde la exposición personal y la búsqueda de aprobación social encuentran terreno fértil. Asimismo, se observó que la presencia de plataformas como YouTube (95%), TikTok (67%) e Instagram (62%) en la vida de los jóvenes es casi total, transformando a estos espacios en entornos de alta vulnerabilidad si no existe un acompañamiento adulto adecuado.

Ante este panorama, los especialistas coinciden en que la prohibición no es el camino más efectivo. Resett sugiere que tanto las escuelas como las familias deben abandonar los «sermones moralizantes» y enfocarse en promover el pensamiento crítico digital. Es imperativo que los padres abandonen la pasividad y se involucren activamente, ayudando a los adolescentes a reflexionar sobre las consecuencias de sus acciones en un entorno donde el «egocentrismo digital» les hace creer que son invulnerables. Fortalecer el diálogo y enseñar a distinguir entre el entretenimiento digital y la exposición riesgosa es, hoy por hoy, la herramienta de prevención más eficaz contra los males de la vida conectada.