28 junio, 2026

La Revolución sin bronce: el puchero diario, las lámparas de grasa y la moda europea de los criollos en la Buenos Aires de 1810

Los protagonistas del 25 de mayo de 1810 no habitaban un Billiken eterno: eran abogados, comerciantes y militares que lidiaban con calles de barro, tomaban chocolate caliente como símbolo de estatus y consumían puchero como base de su dieta diaria. Una radiografía de la vida cotidiana en una aldea de 45.000 habitantes que cambió el destino del continente.

La reconstrucción histórica de las jornadas que fundaron la identidad nacional suele postergar los detalles de la vida mundana de los patriotas, quienes debieron debatir el futuro político del Virreinato del Río de la Plata en un entorno urbano austero y precario. La ciudad de Buenos Aires en 1810 contaba con una población de entre 40.000 y 45.000 habitantes y carecía por completo de servicios básicos esenciales como agua corriente, cloacas o luz eléctrica. Las viviendas de los líderes criollos como Cornelio Saavedra o Manuel Belgrano eran construcciones sencillas de un solo piso organizadas alrededor de un patio central, con paredes de adobe y pisos de ladrillo que se iluminaban por las noches mediante velas o lámparas de grasa animal. Las calles eran de tierra, volviéndose polvorientas en el verano y completamente fangosas durante el invierno, un escenario donde los aguateros transportaban en carretas el agua extraída directamente del río en pesados barriles de madera para abastecer a la elite que se concentraba en las inmediaciones de la Plaza Mayor.

La mesa de los revolucionarios reflejaba las características de una geografía eminentemente ganadera, donde la abundancia y el bajo costo de la carne de vaca la convertían en el componente central de la alimentación diaria de todas las clases sociales. El plato cotidiano por excelencia en los hogares de la época era el puchero, un guisado de carne hervida acompañado de verduras y legumbres, mientras que el locro de origen prehispánico se reservaba como un menú festivo para los meses de bajas temperaturas. El consumo de pan era escaso debido a la intermitencia de las cosechas de trigo en la región del litoral, por lo cual los habitantes acompañaban sus comidas con vino traído desde Cuyo o aguardiente de caña en los sectores populares. En los ámbitos de sociabilidad y debate político, el mate funcionaba como un elemento transversal y omnipresente que se cebaba a toda hora, conviviendo con el chocolate caliente que las familias aristocráticas servían en sus tertulias como una marca de refinamiento y distinción cultural frente al resto de la sociedad.

La vestimenta de los miembros de la Primera Junta y sus partidarios operaba también como un reflejo de sus aspiraciones políticas y su fascinación por las tendencias provenientes de Europa. Abogados de renombre como Juan José Castelli y Juan José Paso asistían al Cabildo vistiendo casacas de paño oscuro, chalecos, pantalones ajustados hasta la rodilla, medias de seda y zapatos con hebillas metálicas, coronando su aspecto con el tradicional sombrero de tres picos. Si bien las pelucas empolvadas que habían dominado el siglo XVIII se encontraban en pleno desuso y se limitaban a los actos formales de la burocracia colonial, las mujeres de la elite adoptaban vestidos de talle alto y telas livianas inspirados en la moda del Viejo Continente. Fue precisamente en el marco de estas tensiones callejeras donde comenzó a gestarse el uso de las primeras escarapelas celestes y blancas para diferenciarse del color rojo de los realistas, un distintivo visual que, más allá de los debates sobre su origen exacto, marcó el nacimiento de la simbología patria en el barro porteño.