La administración de Javier Milei ha puesto en marcha un operativo de «borrón y cuenta nueva» tras la renuncia de Manuel Adorni. Con el nombramiento de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete y la reactivación de áreas clave como la Vocería Presidencial bajo el mando de Adrián Ravier y la Secretaría de Prensa con Fabián Fernández, el Gobierno apuesta a una estructura más profesionalizada y menos propensa a los conflictos mediáticos que marcaron los últimos 110 días. El objetivo central es claro: consolidar la gestión, aceitar el vínculo con los aliados legislativos y aprovechar la mejora en los índices de confianza pública para avanzar con las reformas económicas antes de que la disputa interna vuelva a condicionar el rumbo del país.
El arribo de Santilli a la coordinación de los ministerios —absorbiendo nuevamente las competencias de Interior— viene acompañado de una estructura reforzada donde Ignacio Devitt asumirá la Vicejefatura de Gabinete, reportando directamente a la secretaria general, Karina Milei. Este esquema de poder refleja la intención de los hermanos Milei de centralizar la toma de decisiones, mientras intentan calmar las aguas tras las tensiones internas que afloraron incluso durante el fin de semana de transición. Mientras el Presidente se prepara para participar de la Cumbre del Mercosur en Paraguay, la agenda inmediata estará centrada en la jura de los nuevos funcionarios y en una reunión clave este miércoles con los legisladores de La Libertad Avanza para ordenar la actividad en el Congreso.
Sin embargo, el optimismo oficialista no oculta las fracturas existentes dentro del propio «Triángulo de Hierro». El proceso de designación de Santilli dejó al descubierto una disputa por el control de la toma de decisiones, donde el asesor Santiago Caputo y el entorno de Karina Milei libran una batalla constante por marcar territorio. A pesar de que desde el campamento de la secretaria general aseguran que la decisión final fue exclusiva de los hermanos Milei, los cruces en redes sociales y la fricción por los nombres propuestos exponen que la convivencia interna sigue siendo el mayor desafío para la estabilidad del Gobierno. El desafío del nuevo jefe de Gabinete será, precisamente, funcionar como un pararrayos ante estas tensiones.
A pesar de los cortocircuitos, la señal política enviada hacia el PRO ha sido bien recibida. El expresidente Mauricio Macri avaló el movimiento, confiando en que el «enroque» contribuya a la tranquilidad institucional, aunque ambas partes se encargaron de aclarar que esto no supone, por el momento, un acercamiento programático profundo entre el mandatario y el titular del partido amarillo. Con un Índice de Confianza en el Gobierno que mostró una recuperación del 3,9 % en junio, el Ejecutivo siente que tiene margen para corregir el rumbo. La apuesta es que, con Santilli como una figura más dispuesta al diálogo y alejada de las polémicas personales, la gestión pueda recuperar la centralidad que la «agenda Adorni» había terminado por eclipsar.

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