Un informe elaborado por la Fundación Éforo reveló que la deuda promedio por persona en Argentina escaló de $337.000 a $1.044.000 entre fines de 2023 y principios de 2026, evidenciando una expansión acelerada del crédito que convive con un deterioro progresivo en la capacidad de pago. Si bien el acceso al financiamiento alcanzó a más de 11,3 millones de personas a través de proveedores no financieros de crédito (PNFC), el aumento en las tasas de interés y el crecimiento de la morosidad sugieren que los hogares están alcanzando un umbral crítico de sostenibilidad financiera.
El sistema crediticio muestra una dinámica dual marcada por la desigualdad. Mientras el sector bancario tradicional mantiene niveles de mora más controlados, el sistema no financiero —que incluye fintech, mutuales y tarjetas no bancarias— exhibe tasas de incumplimiento que trepan hasta el 16,2%. Este fenómeno se explica en gran medida por el costo del dinero: mientras los préstamos personales en bancos presentan tasas nominales anuales de entre el 70% y el 90%, los proveedores no bancarios llegan a convalidar hasta un 129% anual. Para la vicepresidenta de la Fundación Éforo, Carla Pitiot, este diferencial refleja cómo las familias de menores ingresos acceden a financiamiento bajo condiciones cada vez más exigentes, lo que reduce drásticamente su margen de maniobra ante cualquier imprevisto económico.
En este contexto de fragilidad, las tarjetas de crédito se consolidan como el principal motor del consumo, registrando un crecimiento real del 44,7% en el segmento bancario hacia fines de 2025. Sin embargo, el deterioro en la calidad de la cartera de las emisoras no bancarias es un síntoma claro de que el endeudamiento está dejando de ser una herramienta de planificación para convertirse en un mecanismo de supervivencia. La brecha entre el crecimiento de la deuda y la estancada capacidad de ingresos de los trabajadores sugiere que el sistema podría estar operando al límite de sus posibilidades, con riesgos crecientes de exclusión financiera para los estratos más vulnerables.
No obstante, el crédito hipotecario emerge como una excepción positiva dentro del tablero financiero nacional. A partir de 2025, esta línea mostró una recuperación interanual del 53,1% con niveles de morosidad mínimos, cercanos al 1,8%, lo cual denota una incipiente reconstrucción del financiamiento a largo plazo. Este dato es crucial, ya que marca un contraste absoluto con la precariedad de los préstamos al consumo, demostrando que existe una segmentación profunda entre la recuperación de proyectos habitacionales y la asfixia financiera que sufren los hogares al intentar costear sus gastos corrientes en un entorno de tasas elevadas.
El panorama invita a reflexionar sobre la necesidad de políticas que promuevan una mayor educación financiera y una regulación más estricta sobre los circuitos de crédito informal, que a menudo aprovechan la desesperación de los sectores más desprotegidos. La sostenibilidad del crecimiento económico no puede descansar exclusivamente sobre el endeudamiento de las familias, y el diagnóstico de la Fundación Éforo actúa como un recordatorio de que, sin una mejora real en los salarios, la expansión del crédito puede transformarse en un lastre estructural para el desarrollo a mediano plazo.

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