La nueva adaptación del poema de Homero retoma una constante del cine del director británico: protagonistas que atraviesan grandes viajes en busca del regreso, pero que nunca terminan de encontrar en la casa el destino definitivo.
Después de atravesar tormentas, cíclopes y hombres devorados, el Odiseo de Christopher Nolan finalmente llega a su casa. Allí tensa el arco, mata a los pretendientes y es reconocido por Penélope. Sin embargo, en lugar de cerrar su historia con el regreso a Ítaca, vuelve a embarcarse.
Telémaco permanece en el trono, mientras Penélope se suma al viaje rumbo al oeste desconocido para honrar a los soldados que quedaron sin sepultura. Ese desenlace no pertenece al poema de Homero.
En el texto original también existe la posibilidad de una partida posterior, aunque el recorrido planteado por Homero apunta en la dirección contraria. En el canto XI, Tiresias le indica a Odiseo que, después de la matanza, debe cargar un remo sobre sus hombros y caminar tierra adentro hasta encontrar hombres que no conozcan el mar y confundan el remo con una horquilla.
Una vez allí, deberá clavar el remo, realizar un sacrificio a Poseidón y regresar a Ítaca, donde encontrará una muerte tranquila durante su vejez. En la obra de Homero, entonces, el movimiento conduce hacia el interior y el destino final es la casa: el héroe parte para finalmente poder quedarse.
Nolan invierte esa lógica. Su Odiseo vuelve al mar en lugar de avanzar hacia tierra firme y el cierre representa una apertura en vez de una clausura.
El desenlace encuentra un antecedente en el canto XXVI del Infierno, donde Dante construyó un destino diferente para Ulises, ya que no podía leer griego. En su versión, el héroe atraviesa las columnas de Hércules en lo que denomina el “loco vuelo” y termina hundiéndose.
En 1833, Alfred Tennyson retomó esa partida y eliminó la condena, dejando a Ulises con el deseo de continuar navegando más allá del ocaso.
El punto en el que una historia decide detenerse resulta fundamental. Si la película termina con el protagonista nuevamente en el mar, las tres horas anteriores dejan de representar un regreso definitivo y pasan a convertirse en el intervalo entre dos viajes.
La misma lógica que en Interstellar
Doce años antes, Interstellar había trabajado con una estructura similar.
Durante 169 minutos, la película se sostiene sobre la promesa de un padre que asegura que regresará. Sin embargo, el reencuentro de Cooper con su familia se resuelve rápidamente: despierta, llega a una habitación donde una anciana rodeada de sus nietos le explica que ningún padre debería tener que ver morir a su hija y, poco después, vuelve a partir para buscar a otra mujer en otro planeta.
Antes de ese momento aparece una imagen que puede interpretarse como una representación de la relación de Nolan con el hogar: la granja familiar fue reconstruida dentro de una estación espacial, con sus muebles y su porche, pero convertida en una pieza para ser mostrada a los visitantes.
El hogar permanece, pero solamente como museo.
Cooper cuestiona precisamente que todo haya sido colocado detrás de un vidrio. Esa imagen resume una idea que atraviesa el cine de Nolan: la casa funciona como una justificación para todo aquello que el protagonista realiza lejos de ella. No necesariamente es el destino final, sino el argumento que permite emprender el viaje.
El sacrificio como condición del regreso
En 1944, Theodor Adorno y Max Horkheimer analizaron al propio Odiseo como una figura vinculada con el individuo burgués, alguien que consigue conservarse a través del sacrificio.
El episodio de las Sirenas es central para esa interpretación. Odiseo quiere escuchar su canto, pero se ata al mástil y ordena a sus remeros que se tapen los oídos. De esa manera, él puede escuchar sin entregarse al placer, mientras quienes podrían actuar no tienen acceso a aquello que escuchan.
La felicidad queda subordinada a la renuncia.
Algo similar sucede con Cooper. Para salvar a sus hijos, acepta no verlos crecer y recibe durante años mensajes que no puede responder. La distancia se convierte en el precio de su misión.
El Odiseo de Nolan también convierte el viaje en una forma de deber. La permanencia en el mar funciona como una expiación vinculada con la guerra de Troya y con la responsabilidad asumida por el héroe.
De este modo, la ética del sacrificio aplicada a los vínculos familiares genera una consecuencia incómoda: la casa debe permanecer lejos para que el sacrificio conserve su sentido.
Una constante en el cine de Nolan
El patrón también aparece en otras películas del director.
En El origen, Cobb finalmente parece regresar, pero Nolan corta la escena antes de confirmar definitivamente lo que ocurre. Los hijos aparecen repetidamente de espaldas y el hogar adquiere más características de recuerdo o archivo que de espacio habitable.
En Dunkerque, en cambio, el regreso de los soldados sí ocurre. Sin embargo, aquellos que logran llegar a casa sienten que solamente sobrevivieron, mientras el piloto que hizo posible parte de ese regreso queda del otro lado, destruye su avión y se entrega.
Quien permite el nostos —el regreso— de los demás renuncia al suyo.
Algo parecido sucede con Bruce Wayne en el cierre de la trilogía de Batman. El personaje termina viviendo en un café de Florencia junto a otra mujer, mientras en Gotham todos creen que está muerto. El héroe abandona definitivamente la ciudad para construir una vida lejos de ella.
Cuando Penélope también parte
Uno de los cambios más significativos de la película aparece precisamente en Penélope.
En la versión de Homero, su permanencia en Ítaca es inseparable de la identidad del hogar. La prueba definitiva del reconocimiento entre ella y Odiseo está relacionada con el lecho matrimonial.
Penélope ordena mover la cama y Odiseo reacciona porque sabe que eso es imposible: él mismo la construyó a partir de un olivo vivo cuyas raíces permanecen en la tierra.
La casa no puede trasladarse.
Penélope representa a Ítaca de manera literal.
Nolan modifica esa lógica y la hace subir al barco. El hogar pasa a convertirse en equipaje. Ya no es necesario que exista un lugar fijo al que regresar porque ese lugar puede viajar con ellos.
El gesto puede interpretarse como una forma de emancipación: Penélope deja de esperar y participa del movimiento. Pero el barco pertenece a Odiseo y el rumbo está determinado por una decisión que él tomó. Ella no parte hacia un destino propio, sino que lo acompaña.
La distancia emocional como marca de Nolan
Esa concepción también permite comprender una de las críticas que durante años acompañaron al cine de Christopher Nolan: su aparente frialdad.
No necesariamente se trata de una falta de interés por los personajes, sino de una consecuencia de la estructura que propone. Si el hogar es un pretexto para el viaje, el reencuentro no puede convertirse en el verdadero centro emocional de la historia.
Por eso, en Interstellar, uno de los momentos más intensos es Cooper solo frente a una pantalla, mientras que en La Odisea el reconocimiento de Penélope queda desplazado por la confesión relacionada con el caballo de Troya.
Nolan presenta el amor como una forma de comunicación que llega tarde, a distancia y después de atravesar grandes obstáculos. El abrazo siempre parece llegar después de que la historia ya encontró otro camino.
Y la elección de La Odisea como material para trabajar esa idea resulta especialmente apropiada: en el poema, la historia del héroe también llega después de años de ausencia y a través de relatos transmitidos por otros.
Una película que también marca un récord
La Odisea tuvo un presupuesto de 250 millones de dólares, fue rodada íntegramente en IMAX, en lo que se presentó como la primera producción cinematográfica realizada de esa manera, y superó los mil millones de dólares de recaudación, convirtiéndose en la película más exitosa de la carrera de Nolan.
El director llegó, en términos cinematográficos y comerciales, a una de las mayores cimas de su trayectoria.
Pero su película termina con un hombre que vuelve a zarpar.
Homero había planteado otra respuesta: la verdadera prueba no estaba en el mar, sino en la cama. Y la astucia definitiva pertenecía a quien había conseguido quedarse.

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