Más de 40 años después de su debut en la Royal Shakespeare Company de Londres, el actor norirlandés volvió a Stratford-upon-Avon para protagonizar dos clásicos de Chéjov y Shakespeare, cuyas historias de cambios, regresos y despedidas dialogan de manera sutil con su propia trayectoria.
Kenneth Branagh tenía 23 años cuando pisó por primera vez el escenario de la Royal Shakespeare Company en Stratford-upon-Avon, Inglaterra. Fue en 1984, cuando asumió el papel principal en una producción de Enrique V. Permaneció tres años en la compañía y, poco después, dirigió y protagonizó una reconocida adaptación cinematográfica de la misma obra, que le valió dos nominaciones al Oscar y lo convirtió en una figura de alcance internacional.
Más de cuatro décadas después de aquel debut, Branagh regresó a Stratford para participar en dos producciones consecutivas de clásicos de Antón Chéjov y William Shakespeare, cuyos temas mantienen algunos puntos de contacto con su propia historia dentro de la RSC.
La primera de ellas es El jardín de los cerezos, estrenada recientemente y centrada en los regresos, las partidas, los recuerdos vinculados a un lugar y el inevitable paso del tiempo. En esta nueva versión de la obra de Chéjov, adaptada por la dramaturga Laura Wade, dirigida por Tamara Harvey y en cartelera hasta el 29 de agosto, Branagh interpreta a Lopakhin, un hombre que logró ascender por sus propios medios y que visita la propiedad donde su padre había trabajado como siervo.
Allí se encuentra con su propietaria, Madame Ranyevskaya, interpretada por Helen Hunt, una mujer agobiada por las deudas a quien Lopakhin intenta convencer de vender la finca para resolver sus dificultades económicas.
Después de pasar cinco años en París, Ranyevskaya regresó a la casa familiar, pero la nostalgia la mantiene paralizada. No consigue aceptar la propuesta de Lopakhin de derribar el querido huerto de cerezos y reemplazarlo por casas de campo. Mientras ella permanece aferrada a los recuerdos, él intenta hacerla reaccionar con una súplica directa: “¡Piénsalo!”.
En línea con la temática de las raíces y los lugares de origen, Branagh decidió interpretar a Lopakhin con el marcado acento norirlandés de su infancia en el Belfast obrero. El actor y su familia se trasladaron a Inglaterra cuando él tenía nueve años y, con el paso del tiempo, adoptó un acento inglés.
Su versión de Lopakhin se acerca más a la figura de un gerente bancario preocupado que a la de un empresario impulsado por la ambición. Sin embargo, esa característica no debilita al personaje. Su preocupación genuina supera el interés personal y coincide con la descripción que Chéjov hizo de Lopakhin en una carta de 1903 dirigida al director teatral ruso Konstantin Stanislavski, cuando lo definió como “una persona decente en todo sentido”.
Lopakhin puede ser un comerciante ambicioso, pero en esta interpretación también funciona como una voz racional frente a una familia que atraviesa una situación límite.
Ranyevskaya y quienes la rodean intentan conservar su dignidad en medio de circunstancias adversas. Esa tensión se refleja también en la puesta en escena, a través de las paredes verdes desgastadas y las lonas deterioradas que cubren el suelo, elementos diseñados por Anna Fleischle.
El difícil momento de los personajes aparece construido a partir de un elenco destacado. Bill Pullman interpreta a Gaev, el hermano de Ranyevskaya, un hombre rígido, hablador y de vestimenta extravagante. Su afirmación de haber gastado toda su fortuna en dulces parece completamente creíble.
Por su parte, Guy Henry interpreta a Pishchik, un personaje amable, ingenioso y dependiente que podría formar parte de una novela de P.G. Wodehouse. Michael Elwyn, en tanto, representa con precisión el patetismo de la vejez de Firs, el sirviente que considera que la emancipación de los siervos fue el comienzo del declive de la sociedad rusa.
El conjunto adquiere por momentos una apariencia casi caótica. Por eso, uno de los momentos más efectivos llega cuando un Lopakhin ebrio de champán irrumpe en la escena culminante para anunciar que el huerto fue vendido en una subasta. Cuando le preguntan quién fue el comprador, responde con un tono arrastrado, entre triunfal y tímidamente avergonzado: “¡Ayyyy!” (yo).
Para buena parte de los personajes, el desenlace representa la posibilidad de comenzar nuevamente. Allí aparecen algunas similitudes con la trayectoria de Branagh y con el ascenso de Lopakhin desde el anonimato.
En sus memorias de 1991, Beginning, el actor recordó cómo dejó atrás su acento norirlandés para abrirse camino en el mundo de la actuación y relató las tensiones que finalmente lo llevaron a abandonar la Royal Shakespeare Company en 1987.
Su paso por Stratford fue decisivo desde el punto de vista profesional, aunque también estuvo marcado por conflictos con la dirección relacionados con la carga de trabajo y el salario. Finalmente, Branagh consideró que debía alejarse de la compañía para poder continuar creciendo.
La decisión terminó dando resultados y, en julio, regresó a la RSC como caballero. Su interpretación del mago Próspero en La tempestad tuvo una cualidad serena y casi majestuosa. La producción permaneció cinco semanas en cartel antes del estreno de El jardín de los cerezos.
Se trató de su primera aparición en un escenario de la Royal Shakespeare Company desde que interpretó a Hamlet entre 1992 y 1993. Branagh ingresó a escena con una capa de mago, tomó una varita de maestro y dirigió la tormenta inicial de la obra, que dispersa a un grupo de nobles y miembros de la realeza tras un naufragio en la isla encantada de Próspero.
Al igual que Lopakhin, Próspero es un personaje que impulsa el cambio. Controla la isla y a quienes viven en ella: el espíritu Ariel, interpretado por Amara Okereke; su sirviente esclavizado, Calibán, a cargo de Ashley Zhangazha; y su hija Miranda, interpretada por Ruby Stokes.
Sin embargo, su poder se ejerce desde una posición de magnanimidad serena y benevolente.
Cuando Miranda despierta de su letargo y se queja de sentir una “pesadez”, Branagh responde moviendo las caderas y animándola de manera juguetona a “¡sacudirse la pesadez!”. Es uno de los pocos momentos de espontaneidad en una interpretación marcada por la contención.
La puesta, dirigida por Richard Eyre, apuesta por una actuación sobria que en algunos momentos llega a resultar casi imperceptible. Esa decisión se complementa con el trabajo visual y sonoro: una escenografía en tonos naranja y azul diseñada por Bob Crowley, evocadora del sol y el mar, junto con el vestuario de Fotini Dimou.
Fragmentos musicales interpretados con instrumentos tradicionales de África Occidental introducen una lectura poscolonial de la obra. En esa misma línea, el Calibán de Zhangazha se aleja de cualquier representación salvaje y aparece como una figura casi cotidiana, similar a un contable de barrio.
La producción devuelve humanidad al personaje antes incluso de que Próspero decida liberar tanto a Calibán como a Ariel, en una escena final cuidadosamente construida.
Branagh se arrodilla y renuncia a la “magia tosca” de Próspero antes de partir en dos su batuta de director, romper sus partituras y abandonar el escenario. Luego, el telón desaparece y deja a la vista la zona entre bastidores. El hechizo finalmente se rompe.
La tempestad fue la última obra escrita por Shakespeare, mientras que El jardín de los cerezos fue la última obra de Chéjov. Al presentarlas una junto a la otra, sus características elegíacas adquieren una fuerza mayor.
Por eso, el regreso de Kenneth Branagh al escenario donde comenzó su trayectoria puede interpretarse como una despedida cargada de nostalgia. Sin embargo, el actor tiene 65 años y, a juzgar por sus últimas actuaciones, todavía parece tener mucho por ofrecer.

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